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martes, 14 de junio de 2011

Lecciones para no morir

LECCIONES PARA NO MORIR
Por Jorge Ramos Avalos
Junio 13, 2011

México tiene mucho que aprender de Perú y Colombia. Si no lo hace, corre el peligro de caer en una espiral de pobreza y narcoviolencia. Y esas espirales suelen terminar en huracanes sociales.
¿Qué puede aprender México de Perú? Muchísimo. La primera lección es que los olvidados no olvidan quién los olvidó a la hora de votar. Contrario a lo que sugerían muchas encuestas, Ollanta Humala le ganó a Keiko Fujimori gracias al voto rural e indígena. Los olvidados tarde o temprano se vengan; a veces en las calles y otras en las urnas.
A pesar de que Perú ha sido uno de los países con el mayor crecimiento económico del continente, los más pobres no han dejado de serlo y la distribución del ingreso sigue beneficiando desproporcionadamente a los peruanos más ricos. 
Lección: la pobreza no se borra con declaraciones optimistas. Por eso más de la mitad de los peruanos votó por el candidato que retaba al sistema -Ollanta Humala- y no por quien lo preservaría –Keiko Fujimori.
Una cosa es lo que dicen las estadísticas y otra muy distinta es no tener trabajo ni qué comer. En el preciso instante en que el Secretario de Hacienda y precandidato presidencial, Ernesto Cordero dijo que “hace mucho que México dejó de ser un país pobre”, había en el país 54 millones de pobres (según cifras del Tecnológico de Monterrey). 
Lección: maquillando al país no se ganan elecciones ni se logran los grandes cambios.
Lección: sí México no aprende de la reciente elección en Perú que la pobreza no desaparece con declaraciones falsas y con promesas electorales, corre el riesgo de perder otra década más y ser irrelevante frente a las nacientes potencias como China, India y Brasil.
México es mucho más parecido a Perú de lo que muchos quisieran creer: por esa pobreza heredada de una generación a otra, por su espantosa discriminación contra la población indígena y por sus ricos groseramente ricos.
México, también, tiene mucho que aprender de Colombia para enfrentar el problema de la narcoviolencia.
Cuando hablo con mis compatriotas mexicanos sobre la narcoviolencia, siempre hay un gesto de resignación. “No hay de otra”, me dicen, sobre la fallida estrategia del presidente Felipe Calderón de enfrentar frontalmente a los narcotraficantes y que ha costado más de 40 mil muertos. Pero la realidad es que sí hay de otra.
Hay cuatro cosas que los colombianos hicieron bien y que los mexicanos no están haciendo para ganarle a los narcos: 
1) En Colombia entendieron que había que pegarle a los narcos donde más les dolía: en el bolsillo y en sus cuentas bancarias. En México no se está haciendo. 
2) En Colombia crearon una policía nacional única; en México hay 2,600 cuerpos de policía sin ninguna coordinación. 
3) En Colombia crearon un cuerpo élite prácticamente
incorruptible para enfrentar a los narcotraficantes; en México no existe.
4) Y en Colombia empezaron a “liberar” una por una ciudades y carreteras de manos de los narcos. México ha perdido parte de su territorio frente al narcotráfico. ¿Cuándo México va a liberar Cuernavaca, Monterrey o Ciudad Juárez? ¿Cuándo se liberarán las carreteras en Sinaloa o Michoacán?
Como ven, sí hay de otra. El problema es que el presidente Calderón y el ejército mexicano escogieron una estrategia equivocada y, lo peor de todo, es que no están dispuestos a
corregirla a pesar de que cada asesinato es una muestra de su fracaso.
Es de una arrogancia infinita el suponer que México no puede aprender de Perú y de Colombia para enfrentar sus problemas de pobreza y narcoviolencia. Las lecciones son que la pobreza no desaparece con estadísticas y declaraciones triunfalistas, y que la narcoviolencia sí se puede vencer pero solo con la estrategia correcta.
México tiene una fijación con el norte. Nada de lo que hace Estados Unidos le es ajeno.
Pero la verdad es que nuestros problemas tienen mucho más que ver con el resto de América Latina que con nuestro vecino al norte.
Si México no ve lo que está haciendo bien el sur, va a perder el rumbo. Por eso, aunque cueste y vaya contra nuestras tendencias históricas, México está obligado a ver al sur y aprender.
Son lecciones para no morir de hambre o de un balazo. Se los dejo de tarea.

martes, 7 de junio de 2011

Los Indignados Mexicanos

Por Jorge Ramos Avalos

Ciudad de México. La queja es un coro. Las cosas en México están mal. El país va en la dirección equivocada. No solo lo dicen las encuestas. Son las voces de millones de mexicanos. Basta oirlos.
Pero la pregunta es ¿dónde están los indignados en México? ¿Dónde están esos jóvenes mexicanos dispuestos a plantarse en el zócalo y en todas las plazas del país hasta que las cosas cambien? ¿Dónde están los mexicanos que -después de gritar “ya basta” de pobreza, desempleo, violencia, inseguridad y falta de oportunidades- presionan y presionan a los gobernantes hasta que las cosas cambien? ¿Dónde? He estado siguiendo muy de cerca las rebeliones de la “primavera árabe” en Túnez, Egipto y Yemen, entre otros países, y el movimiento de “los indignados” en España, Francia y Grecia. Son, en su mayoría, jóvenes que están provocando un cambio.
Organizados a través de Twitter y Facebook los jóvenes árabes han derrocado dictadores y destruído regímenes autoritarios. En el caso de los europeos, están obligando a las autoridades a rendir cuentas, a presentar resultados concretos de sus demandas y a adelantar elecciones. ¿Por qué no pasa eso en México cuando tenemos más quejas y más asesinados que los españoles? Las marchas por la paz -y ahora la “ruta del dolor”- organizadas por el poeta Javier Sicilia y los juicios públicos hechos por los padres de las víctimas de la Guardería ABC son un maravilloso ejemplo de la fuerza de la gente. Pero mi frustración con estas masivas manifestaciones de inconformidad es que, después de realizadas, no pasa nada. Nada.
Las cosas siguen igual. El presidente Felipe Calderón sigue sin cambiar su fallida y mortífera estrategia contra el narcotráfico. Los asesinados se amontonan unos sobre otros. Y muchos de los responsables de la muerte de 49 niños en la guardería de Hermosillo en el 2009 siguen libres. Todo sigue igual. Las protestas ciudadanas, aparentemente, no tuvieron ningún resultado concreto.
Y por eso la indignación sigue, peligrosamente, creciendo.
Es indignante que el presidente Calderón no quiera cambiar una estrategia antinarcóticos que ha costado 40 mil vidas. 2011 puede ser uno de los años más violentos desde la revolución.
Es indignante que la principal exigencia de los mexicanos a su gobierno ya no sea trabajo, escuela y salud. Ahora piden lo más básico: que no me maten. El ejército no ha podido. El 57 por ciento de los mexicanos cree que los narcos están ganando la guerra; solo un 19 por ciento cree que el gobierno gana, según la encuesta de Mitofsky para la asociación México Unido contra la Delincuencia.
Es indignante que uno de cada dos mexicanos haya sufrido en carne propia un crimen o delito. Son las matemáticas del terror. La cosas empezaron mal. La Comisión Nacional de Derechos Humanos de México reportó que del 2006 al 2008 hubo aproximadamente “48 millones de víctimas de delitos en todo el país.”
Es indignante que una maestra de Monterrey tenga que poner en el piso a sus niños de kinder y mantenerlos ahí cantándoles para que no los mate una bala perdida en un tiroteo.
Es indignante que el principal encargado de la economía en México, el precandidato presidencial y Secretario de Hacienda, Ernesto Cordero, diga que “hace mucho que México dejó de ser un país pobre” y que con unos 550 dólares al mes una familia mexicana puede pagar casa, coche y colegiatura. El Tecnológico de Monterrey calcula que en México hay 54 millones de pobres. Unos, sí, se van a Estados Unidos; es la válvula de escape a la indignación. Pero la mayoría se queda.
Es indignante que haya tantos expresidentes, tantos exgobernadores y tantos exfuncionarios priístas que viven como millonarios a pesar de haber tenido casi toda su vida puestos y salarios públicos. Es indignante que muchos de ellos no estén en la cárcel y que ni siquiera hayan rendido cuenta de sus ganancias y del uso de partidas secretas.
Es indignante que los expresidentes Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo ahora se quieran hacer pasar por “demócratas” cuando cada uno de ellos fue elegido a dedazo y de la manera más fraudulenta y autoritaria.
Es indignante que con tanta indignación no haya un movimiento de indignados en México.
Sé -porque conozco a muchos y soy uno de ellos- que México está lleno de indignados. Están dadas todas las condiciones para un masivo movimiento ciudadano, no violento, que ciembre al país y haga temblar a sus inefectivos gobernantes. A veces tengo esa sensación de que algo está a punto de brotar o de explotar en México. La “primavera mexicana” puede ser en otoño o invierno. Falta la chispa.
¿Dónde están los indignados en México? Por ahora, en su mayoría, en sus casas y en sus oficinas, no en las plazas y en las calles. Y así no viene el cambio. El cambio en México viene de abajo para arriba. Pero mientras los indignados mexicanos no actúen, no exijan, no desenmascaren a sus gobernantes, no protesten, no pregunten, no desmaquillen a México, no incomoden, no propongan…nada va a cambiar.